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La Educación: ¿Bien de Consumo?

Publicado: julio 24, 2011 en Opinión

Durante la semana el presidente Sebastián Piñera declaró que “La educación es un bien de consumo”. Lejos de un desliz de la lengua como los que ya estamos acostumbrados, éste fue un desliz comunicacional, donde el presidente habló más de lo que debería. Y digo esto porque no creo que Piñera se haya equivocado en sus dichos, sino que más bien dijo exactamente lo que piensa él y todo su sector político. De hecho, esto lo confirma luego el ministro Pablo Longueira al afirmar que “La educación es un bien personal, es un bien privado, es un capital que reciben las personas”.

Afirmar que la educación es un bien de consumo es el máximo reduccionismo que se le puede dar a un tema tan complejo como la educación, y transgrede muchos acuerdos a los que la disciplina ha llegado durante décadas de discusión. No es de extrañar entonces el rechazo general que tuvo la frase en la opinión pública. No sólo porque hoy justamente se está luchando por eliminar las malas prácticas que una visión de negocios ha facilitado en la educación formal, sino porque reduce la educación a un producto que se entrega de un agente a un paciente o cliente, visión añeja que comenzó a cambiar desde los años 70.

No voy a entrar en detalles ni autores, porque literatura se puede encontrar de sobra. Sólo quiero recalcar que la educación no es un bien que pasa desde un profesor o una institución a un alumno. El aprendizaje es formado desde el alumno, en conjunto con sus maestros y su familia, y habitualmente parte desde un aprendizaje anterior (cosa que ya había dicho Platón muchos siglos atrás). Por eso es imposible considerarlo un bien que “se consume”, ya que el conocimiento más bien “surge” gracias a un trabajo pedagógico.

Por otro lado, reducir la educación a un bien privado que recibe una persona es negar su rol social. En una columna anterior intenté explicar porqué la educación, más que un derecho, es un deber de cualquier persona que vive dentro de una sociedad como la nuestra, la cual tiene por necesidad crecer y desarrollarse con equidad. Considerar la educación sólo como un bien privado y personal es olvidar su enorme externalidad positiva. Si como sociedad nos preocupamos de educar principalmente a los alumnos más vulnerables, no sólo mejora el crecimiento económico sino que además reducimos la inequidad, lo que es provechoso tanto para quien tiene menos como para los que tienen más, pues es sabido que temas como la delincuencia, la asociatividad e incluso la felicidad de las personas están estrechamente relacionados con la igualdad de un país.

Si la educación fuera un mero bien de consumo, no nos importaría como sociedad. Son las mismas autoridades que gobiernan quienes no pueden estar ciegos a las bondades y la relevancia social de un sistema educativo digno, accesible y que promueva el desarrollo y la equidad.

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