Archivos para mayo, 2011

Si bien no soy muy amigo de los rankings, pues no es raro que se basen en variables que no toman en cuenta otras que pueden ser más o menos relevantes para cada uno de los “rankeados”, quería compartir uno en especial que apareció hace un tiempo, junto a algunas reflexiones al respecto.

Se trata del Ranking Iberoamericano SIR 2011, elaborado por SCImago Institutions Rankings, que ordena a las universidades de todo Iberoamérica (vale decir, toda América de habla hispana y portuguesa, España y Portugal) bajo un criterio principal: Cantidad de publicaciones dentro del en el periodo 2005 – 2009, registradas en la base de datos Scopus. Sólo en caso de empate, otras variables como la proporción de publicaciones citadas o el porcentaje de éstas en revistas de prestigio, entre otras, entran a definir el orden. Bastante cuestionable el ranking, , pues no considera el tamaño de la institución, la cantidad de docentes en que ahí trabajan, la cantidad de facultades, la complejidad y el tiempo en que se ejecutan las investigaciones, etc.

Sin embargo, algunas conclusiones se pueden sacar teniedo estos factores en consideración, por lo que me tomé la libertad de extraer los resultados para Chile y crear un ranking, bajo los mismos criterios. Dada las limitaciones del ranking, no es posible dar un análisis acertado del orden de las universidades en detalle, pero hay ciertos datos que son tan extremos que, por mucho que se corrija, siguen siendo reveladores. A continuación presento cómo sería el ranking en Chile con sus 61 universidades (Clic en la imágen para agrandar):

*Fuente: Elaboración propia a partir de SIR (2011)

Dando una pasada rápida, se ve que en Chile la producción científica por parte de universidades se concentra principalmente en la Universidad de Chile, la Universidad Católica y la Universidad de Concepción (con más de la mitad de las publicaciones). Por otro lado, hay cuatro universidades (Universidad Bernardo O’Higgins, Universidad del Pacífico, Universidad Chileno-Británica de Cultura, Universidad de Aconcagua y Universidad Regional San Marcos) que ni siquiera aparecían en el Ranking, pues dentro de los cinco años descritos no generaron ni siquiera una investigación.

Lo que más llama la atención, sin embargo, es la manera en que se posicionan las universidades “no tradicionales” (les llamaremos privadas para evitar confusiones) dentro del ranking. Sin desmerecer esfuerzos de la Universidad Diego Portales o la Universidad Andres Bello, la mayoría de las privadas se posicionan al final del ranking. De hecho, la primera universidad privada (UNAB) se posiciona recién en el lugar 12 de Chile, con 469 publicaciones, lo que equivale a menos de 100 publicaciones anuales. Las 4 universidades sin publicaciones son todas privadas, y siete de ellas no alcanzan a hacer más de una publicación anual.

Se demuestra de forma más importante al sumar los porcentajes. A pesar de ser 36 universidades privadas (contra 25 tradicionales), la producción científica de todas ellas apenas alcanza el 7% del total de las universidades en Chile, mientras que el 93% restante de las publicaciones las generan universidades tradicionales. “Convengamos en que hay 3 universidades que concentran todas las publicaciones y las otras son marginales” escuché como excusa hace unos días en una entrevista en la radio. Sin embargo, al excluir del ranking a estas tres universidades, el panorama no cambia mucho. La producción de las 36 universidades privadas no supera el 16,4% de las publicaciones, mientras que las 22 universidades tradicionales restantes concentrarían el 83,6%.

¿Cuándo la Universidad dejó de ser concebida como centro de conocimiento? Está bien que se dispersen las fuentes que generan el saber, pues reduce los sesgos posibles en un monopolio, pero eso no quita que la Universidad es una casa de estudio, dónde todos sus actores debieran, por lo tanto, estudiar, y no sólo los alumnos. La Universidad no sólo debe transmitir conocimiento, sino también generarlo y actualizarlo. No se puede asegurar una educación de calidad si no se está trabajando constantemente en el saber que se transmite.

No es raro entonces el desprestigio de las universidades privadas en Chile. El modelo de negocio no considera, en la mayoría de éstas, un aporte de la investigación científica. No son “universidades”, sino sólo “centros de formación” o “centros de educación superior”. Enseñan a un individuo a desenvolverse como profesionales, pero no tienen instaurado en la lógica de la institución aspectos como la innovación o el emprendimiento. Mientras las universidades privadas no se comporten como universidades, dificilmente se desprenderán de la imágen con la que hoy en día cargan.

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