Educación Competitiva

Publicado: junio 27, 2010 en Opinión, Pensamiento Escrito

Más Información = Más Competencia = Mejor Mercado

Durante las últimas semanas se ha puesto mucho en discusión el famoso semáforo del Ministerio de Educación. Se trata de un simple mapa de Chile hecho con ayuda de Google Maps en la que están marcados en cuatro colores distintos los establecimientos educacionales. en verde, aquellos que obtuvieron resultados SIMCE significativamente mayores al promedio nacional. En amarillo, los puntajes similares a éste y en rojo los establecimientos con puntajes significativamente menores. La diferencia es significativa en base a pruebas de hipótesis con estándares definidos por SIMCE. Un cuarto color indica aquellos establecimientos sin resultados, es decir, aquellos cuyas pruebas fueron rendidas por 5 alumnos o menos, lo que hace que sus resultados no permitan hacer pruebas de significancia estadística correctas.

La lógica del semáforo es muy simple: hacer que las escuelas compitan dentro del llamado “Mercado de la Educación”. Dentro de una lógica de mercado, un producto es más demandado cuando éste es mejor, y satisface las necesidades de los compradores. Una de las fallas de mercado que siempre se intenta corregir de alguna manera es la inequidad del acceso a la información. El mercado perfecto no funcionará si todos los individuos de un sistema económico no tienen la misma información, pues no existiría una competencia justa, y los compradores podrían elegir un producto sólo por no saber que hay otro mejor a la vuelta de la esquina.

Bajo esta lógica, una mejor información de los padres y apoderados a través de este mapa implicaría que éstos podrían cambiar a sus hijos de establecimiento por uno mejor que esté cerca de sus domicilios (puesto que en general los padres eligen establecimiento según la comuna en la que viven) o seleccionar de mejor manera la escuela para sus hijos que recién entran al mundo escolar. La información vía internet va acompañada además con información impresa a cargo cada uno de los establecimientos, para atenuar el efecto de la escasa accesibilidad a internet en los grupos socioeconómicos más necesitados. Así, todos los padres y apoderados tendrán esta información. El fin último de todo esto no es que se llenen los mejores colegios, sino más bien incentivar a los malos a mejorar para recuperar su matrícula.

Estadísticamente Injusto

Ignacio Walker

Toda esta campaña es muy loable, y no se puede decir que el señor ministro no tiene buenas intenciones al respecto, pero debo decir que esto tiene muchas fallas. Algunas son fallas técnicas, y se pueden solucionar fácilmente. En una columna para La Tercera, Ignacio Walker, presidente de la Comisión de Educación del Senado, hace  un interesante análisis de este tipo de problemas, del cual me apoyaré e intentaré sumar falencias identificadas por mí y otros columnistas.

En primer lugar, como se basa en un promedio de los últimos resultados, no toma en cuenta la evolución de la escuela. Hay establecimientos marcados en rojo que incluso han recibido reconocimientos del ministerio por su rápido y constante avance, mientras otros en verde están descendiendo hace tiempo, y muchos amarillos se quedaron estancados hace años. Además, a veces hay establecimientos que en un año pudieron haber tenido un director o un profesor en el curso y sacaron un puntaje muy alto, cuando históricamente han obtenido puntajes pésimos, y probablemente vuelvan a sacarlos pues no se basa en acciones sistemáticas sino en la contingencia actual del colegio y la persona de turno.

Por otro lado, los rangos caracterizan muy tajantemente. ¿Qué pasa con los establecimientos que están en el límite superior del nivel rojo? ¿La diferencia es significativa con aquel que está en el límite inferior amarillo? Probablemente una diferencia de 1 punto no lo es. Claro, el mapa intenta evitar esto, pues haciendo clic en el botón de color aparecen en detalle los resultados. Aún así, siendo realistas, muy poca gente hará el análisis meticuloso, pues la lógica de los colores es justamente facilitar el trabajo dejándo sólo tres tipos de establecimientos.

Otro tema es que no toma en cuenta a los establecimientos pequeños a causa de las dificultades metodológicas, asociadas,y no siempre éstos son tan pequeños como parece, pues lo determina cuántos alumnos tomaron la prueba. Muchas veces el ausentismo en el establecimiento el día del SIMCE es alto (como experiencia propia, una vez fui a tomar un SIMCE  me encontré con que asistió apenas la mitad del curso, con la razón de que “no era una prueba importante”).

Otro problema es que no toma en cuenta las diferencias entre las distintas pruebas, y las promedia como si estuvieran en una correlación perfecta. Aunque los resultados entre lenguaje, matemáticas y comprensión del medio están bastante correlacionados, no es absoluto, y hay establecimientos que obtienen buenos resultados en lenguaje y muy malos en matemáticas, y viceversa, por lo que quedarían como establecimientos amarillos. ¿Tiene sentido?

El problema más grave, sin embargo, es que no controla por nivel socioeconómico, sino sólo por un puntaje absoluto. Como vimos en el artículo anterior, los puntajes SIMCE están altamente determinados por la vulnerabilidad de los alumnos, por lo que el semáforo es injusto con establecimientos muy efectivos que superan las barreras de la pobreza y hacen que sus alumnos aprendan. A la inversa, hay establecimientos de barrio alto que no son tan efectivos, pero obtienen buenos puntajes porque los alumnos traen todo el capital cultural necesario desde sus casas. Lo más curioso de todo esto es que en las bases de datos SIMCE existe un indicador llamado “Diferencia con Establecimientos Similares”, que controla por GSE y tiene 3 categorías, igual que el semáforo. Entonces ¿por qué no se les ocurrió usar este indicador bueno que ya existía y en vez de eso se dieron el tiempo de crear un indicador malo?

¿Mercado de la Educación?

Los problemas anteriores son absolutamente técnicos, y muy fáciles de solucionar con el profesional adecuado a cargo. Sin embargo, existen problemas que vienen desde la raíz, de una corriente de pensamiento que llegó en los ’80 para quedarse. Me refiero a la lógica del mercado de la educación.

Esta lógica de hacer que las escuelas compitan comenzó a implementarse gracias a los llamados “Golden Chicago Boys”, quienes incorporaron los principios de economía dentro de todo lo que pudieron, incluyendo el sistema educativo. Instalaron un modelo bastante peculiar de Vouchers, donde el establecimiento recibe una suma de dinero específica por cada alumno que asista a clases. Esto incentivaría a los establecimientos a tener buenos resultados para atraer matrícula, y además mantener esfuerzos por evitar la deserción escolar y el ausentismo a clases.

A pesar de que el sistema funcionó parcialmente para el segundo punto (e incluso en muchos establecimientos los inspectores van a buscar a los niños a sus casas para que no se ausenten), la calidad de la educación no ha mejorado para nada gracias a este sistema. El problema es que la idea de hacer competir a las escuelas es extraña, pues la educación no puede funcionar con una lógica de mercado, ya que la demanda por educación no es igual a la demanda de una marca de queso.

En primer lugar,el cambio de establecimiento no es como el cambio del queso. Cuando el queso empieza a salir malo, uno lo bota o se come lo que queda, y la próxima vez que haga las compras simplemente eligirá otra marca disponible. Sin embargo, cambiarse de escuela es un proceso lento y mucho más complejo. Salirse del colegio implica debilitar e incluso perder una serie de redes sociales que se han establecido a lo largo de los años (tanto para los niños como para los padres), por lo que hay un trabajo extra de rehacer las redes. Por otro lado, implica una búsqueda de establecimientos que es tediosa, y en muchos casos un proceso de selección debido a una capacidad limitada de los establecimientos. Todo esto hace que el supuesto “mercado educativo” sea muy poco flexible y, por lo tanto, la competencia no dé los frutos esperados. Los establecimientos pueden seguir teniendo bajos resultados y aún así mantener una matrícula estable.

“Sabemos eso, pero el semáforo no apunta a esto, sino a la selección de establecimientos por nuevos padres” dirá usted.  Sin embargo, la selección de establecimientos no siempre se debe a los resultados académicos. Muchas veces hay temas de convivencia escolar y formación valórica que están sobre esto. Además, factores prácticos como el arancel o el domicilio se hacen muy importantes, sobre todo en los estratos más pobres, en que los recursos son escasos donde la movilización es más compleja por temas económicos o de aislamiento.

Por último, y un factor que hace que la competencia no sólo sea inútil, sino además dañina en algunos casos, es que incentiva la selección. Cuando un queso está dando mal sabor, el productor pensará en su preparación y seleccionará mejores ingredientes, para así volver a mejorar sus ventas. En muchos establecimientos ocurre lo mismo, y seleccionan a los mejores alumnos para un mejor resultado, dejando a quienes más necesitan educación de calidad en los peores establecimientos.

Martin Carnoy

Martin Carnoy, doctorado en economía en Stanford y antiguo compañero de nuestros Chicago Boys, pero experto en educación, expone en una entrevista para El Mostrador excelentes argumentos para afirmar que la competencia en educación es “una locura”. La experiencia internacional muestra que los mejores resultados educativos se logran en países donde la educación está en manos del Estado, como Finlandia o Cuba. Su afirmación más interesante es que no existe en estos países una asociación entre educación e ideología política, y que una educación centralizada no es acto del comunismo o del fascismo, sino simplemente de un estado comprometido con la igualdad de oportunidades y con un imperativo moral de educación de calidad.

Cambiar la mentalidad es un proceso lento, pero no imposible. Los problemas técnicos del semáforo pasan a segundo plano si logramos entender que se deben enfocar los recursos y los esfuerzos en los establecimientos que más los necesitan, y no sólo en los mejores.

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