El Bullying como Síntoma Social

Publicado: marzo 20, 2012 en Uncategorized

La presente columna fue escrita por Teresa Ropert, psicóloga de la P. Universidad Católica y miembro del Equipo de Intervención Anti-Bullying de Fundación Ideas.

Hablar de Bullying hoy, es como hablar del calentamiento global. Como hablar de la delincuencia, de la mala distribución de las riquezas, de la revolución tecnológica y de cómo se hicieron millonarios los creadores de Google. Hablar de Bullying se ha transformado en un lugar común, algo “que se está llevando”, tanto entre los actores políticos de nuestro país, como en los círculos sociales y académicos más diversos, donde con decreciente sorpresa he podido notar la universalidad del fenómeno. A modo de ejemplo de esto, les ofrezco un ejercicio investigativo simple: mencionen la palabra Bullying en cualquier contexto al cual se enfrenten próximamente: con ingenuidad notarán que, en este controversial tema de actualidad, pareciera que todos tienen algo que decir. Al menos ese es el escenario discursivo al cual me he enfrentado yo desde que comencé a trabajar en Bullying.

Sin embargo, me parece que una pregunta relevante que debiéramos hacernos quienes nos sentimos profesionalmente vinculados al tema, es: ¿por qué  hablar de Bullying hoy? ¿Cuál es el sentido que cobra el fenómeno del Bullying en nuestra sociedad contemporánea?

Más que pretender un análisis exhaustivo de las preguntas planteadas en relación al fenómeno, me contentaré con intentar mostrar una visión que dé crédito a la complejidad y multicausalidad del fenómeno en cuestión, que nos permita darle una segunda vuelta a lo que muchas veces los medios de comunicación masivos no hacen justicia, a saber, el valor metafórico que adquiere un fenómeno como el de la violencia escolar en nuestra sociedad.

Dejando en claro, para no faltar a la rigurosidad conceptual, que el fenómeno del Bullying es un modo particular de escenificación de la categoría más amplia que conocemos como Violencia Escolar, me gustaría aquí intentar abordar el fenómeno del Bullying, o más bien su auge mediático y sus implicancias políticas, como un síntoma social, es decir, como metáfora de un profundo malestar oculto. Al modo de Madriaza (2007), “la palabra síntoma es aquí la clave metafórica que sostiene e inaugura un malestar social, síntoma que no es más que un desagüe indirecto que termina ocultando el problema original”. Así, el fenómeno antes conocido como “matonaje escolar”, podría erigirse como la evidencia de una disfunción macrosocial, al modo en que una gripe contamina la totalidad del cuerpo de un individuo pero que se hace observable para el sujeto sólo al momento del estornudo o la aparición de un cuadro febril. ¿Cuál es entonces la enfermedad social subyacente que actualmente sintomatiza en la fiebre del Bullying en las Escuelas?

Hace más de 200 años un sociólogo inglés desarrolló una hipótesis controversial que más tarde sería conocida por los demógrafos, economistas y sociólogos como “la catástrofe malthusiana”. Cabe señalar que la pregunta tenía entonces que ver con las posibilidades de la sociedad del futuro para garantizar la felicidad de los seres humanos en un planeta donde los alimentos podrán escasear al momento en que las poblaciones devinieran más numerosas. A la luz de esta hipótesis socio-demográfica, pareciera tomar un sentido particular el hecho de que hoy en día vivimos en un mundo caracterizado por la ferviente carrera por valores como el individualismo, el consumismo y el progreso tecnológico. Es así como el otro se ha transformado, simbólicamente, en competencia para el propio éxito, en enemigo. Y el fantasma de la catástrofe malthusiana pareciera de algún modo habitar nuestro inconsciente como una herencia irrevocable. ¿Y no es acaso a partir de este tipo de significados compartidos culturalmente como se van gestando históricamente las más diversas formas de discriminación, tan deplorables y criticables por todos?

Hoy en día, y fruto de un modo de construcción de la sociedad que ha ido en abismante progreso económico y tecnológico, nos vemos enfrentados a un planeta donde predomina la economía de libre mercado y la ley de la oferta y la demanda, que más allá de nuestra opinión personal, se nos presenta como una “ley del más fuerte” traducida a términos económicos. Habitamos hoy una sociedad donde el otro es un peligro, una competencia, y donde nuestra relación vincular a él se rige por el imperativo de “o él, o yo”. Me pregunto entonces, en medio de estos valores culturales posmodernos, en medio de esas cifras abismantes y hasta cierto punto terroríficas de crecimiento demográfico, ¿dónde nos encontramos con una verdadera colectividad? ¿Cómo podemos pensar una relación con otro si se nos hace cada vez más fantasmagórica e inabordable esa otredad, y el otro se presenta sólo como extranjero, como un otro ajeno que se erige además, fruto del mercantilismo de las grandes masas, en su dimensión de competitividad económica, y del cual por ende se nos ha enseñado a temer? ¿Cómo podemos exigir a los estudiantes de hoy, ingenuos en su reproducción inconsciente del síntoma social, que se relacionen entre sí desde el respeto, la tolerancia por la diferencia, la cooperatividad, y que sean así capaces de formar genuinas colectividades?

Quizás exista algo de nosotros mismos, de nuestra cultura, puesto en juego en cada uno de los casos de Bullying que actualmente se conocen. Algo de nosotros que sintomatiza en la televisión, cuando aparece un/a nuevo/a estudiante agrediendo ferozmente a otro/a, que evidencia cómo nos quedamos impávidos, en parte cómplices, y quizás de algún modo inevitable, culposos, frente a esta morbosidad propia de nuestros tiempos actuales. Quizás en parte porque algo de esa violencia que allí se escenifica nos hace profundamente sentido, de un modo en que probablemente quizás nos cuesta comprender o reconocer, aunque ya sepamos que esa escena no es necesariamente lo que se entiende por Bullying desde sus definiciones más consensuadas. O quizás porque esa violencia nos hace testigos de una historia social que heredamos, probablemente inconscientes de ella, desde tiempos remotos en que los discursos inaudibles nos enseñaron a sobrevivir a pesar de la colectividad de las masas.  

Ojalá reflexionando en torno a esto, podamos enfrentar de algún modo más veraz la comprensión de un fenómeno innegablemente complejo, como lo es el Bullying, que en definitiva no es más que la dificultad radical que encontramos actualmente de relacionarnos unos con otros.

Teresa Ropert L.
Psicóloga U.C.
Equipo de Intervención Anti-Bullying. Fundación Ideas.
http://www.ideas.cl
mtropert@gmail.com

Pago Ex-Post en Educación Superior

Publicado: agosto 30, 2011 en Opinión

Si bien creo que el mejoramiento de la educación regular y preescolar son los mayores desafíos en Chile, no se puede estar ciego a que el financiamiento de la educación superior es uno de los puntos que ha golpeado con más fuerza en el debate público desde el inicio del movimiento estudiantil. Solucionado ya el tema del lucro en este segmento del sistema educativo (al menos en las universidades), bajo la resolución de que se hará cumplir la ley que rige hace 30 años, queda la pregunta de quién financia los estudios.

En el contexto de un gobierno de derecha, que seguramente no va a ceder ante la petición de modificar una estructura basada en el libre mercado y la regulación por la mano invisible, y de ya tres meses de movilizaciones que han entrado en una competencia de desgaste, cual guerra de trincheras, se hace necesario llegar a acuerdos.

La solución más cercana que veo posible tiene que ver con un financiamiento que no viene de las familias, sino de los propios alumnos, a través de un pago ex-post. Pero no a través de un crédito lapidario, sino de una especie de “impuesto a la educación superior” acorde a los sueldos generados por la carrera estudiada.

Las ventajas de un sistema similar están en que cualquiera puede ingresar y mantenerse estudiando mientras demuestre capacidades (obviando los problemas de segregación en educación regular, que es otro tema que no voy a discutir aquí) y dedicado 100% a estudiar, sin la necesidad de trabajar para pagar los estudios. Además, el exalumno pagaría de acuerdo a su nivel de ingresos, fuertemente relacionado con la carrera que estudió y la calidad y prestigio del establecimiento. El pago sería de por vida, o al menos durante la vida laboral, en base a un porcentaje del nivel de ingresos, que pagando durante 40 años apenas se percibiría. Pienso en un impuesto de aproximadamente un 3% del ingreso, lo que en un ingeniero que en promedio gana 2,5 millones pagaría entre $50.000 y $75.000 mensuales, pagando una totalidad de 24 o 36 millones. Por supuesto que es más de lo que le cuesta la carrera a un ingeniero promedio, pero esto supliría pagos de carreras menos rentables como pedagogía, que recibe un ingreso de $475.000 lo que significaría $15.000 mensuales, y 6,5 millones en total.

Otra ventaja de este modelo es que reduce los incentivos de seguir abriendo escuelas y cupos para carreras cuyo mercado ya ha colapsado, como psicología y periodismo, carreras de bajo costo que siguen cobrando aranceles altos. Bajo este sistema, una universidad recibiría pocos ingresos por este tipo de carreras, por lo que pensaría dos veces abrir una de estas escuelas. Esto regularía de cierta manera el mercado educativo en coherencia con el mercado laboral.

Por último, un sistema así libera al Estado del pago de los aranceles y las matrículas a través de becas, y permite que esos recursos se enfoquen en el otro problema al que se enfrentan estudiantes: el pago de materiales, fotocopias, transporte, etc.

Por supuesto que un modelo así tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, es difícil determinar qué se puede hacer con alumnos que desertan del sistema. Quizás esto se podría corregir, en parte, con el pago de una matrícula correspondiente a una mensualidad. Se deja contento además a los defensores de que lo que se paga se valora más, y no es extremadamente lapidario. No me convence esta idea, pero es al menos discutible.

Otra limitación se basa en la instalación de este modelo. El inicio de un pago así, terminando con el pago ex-ante,  implica un periodo importante en el tiempo en el que los establecimientos de educación superior dejarían de recibir ingresos si no existe un aporte adicional. Para esto se me ocurren dos opciones. Una simple es que el Estado se haga cargo de esta situación hasta que los establecimientos ya estén recibiendo los ingresos necesarios. La segunda opción es la instalación gradual de esta medida, con un pago mixto (ex-ante y ex-post) en las primeras generaciones.

Por último, un modelo así reduce los incentivos de privados de instalar nuevos centros de formación, dado que los costos se podrían cubrir muy a largo plazo. Sería necesario poner algún tipo de incentivo por parte del Estado ante la instalación, sean financieros o con un préstamo de muy bajo interés, que posibilite el sostenimiento de los primeros años de la institución.

Este modelo debería desarrollarse para toda la educación superior, y no sólo para las universidades. Si bien esta idea no está muy desarrollada, creo que es el momento de llegar a acuerdos, y aunque este modelo continúa con una estructura de mercado, corregiría varias de sus fallas. Claramente el sistema actual no se sustenta, y hay que comenzar a discutir soluciones en vez de problemas.